
Mariano Mellino: "Yo pongo música como soy"
DESTINO CIRCULAR/ REFLEJOS VIAJEROS
Mucho antes de los vuelos interminables, de las giras internacionales y de compartir line up con los nombres más importantes de la electrónica, hubo un chico de Villa Madero que descubrió que la música podía ser mucho más que una pasión. La revelación llegó de manera inesperada, durante un recital de Sting. No fue solamente el impacto de un concierto. Fue la sensación de que la música podía convertirse en un modo de vida.
Aquella intuición lo llevó a estudiar en la Escuela Sónica y a sumergirse en una escena electrónica argentina que todavía estaba escribiendo sus primeras páginas. Eran los años en que el progressive comenzaba a encontrar un lenguaje propio en Buenos Aires, alimentado por influencias británicas, largas noches de club y una generación de DJs convencida de que una pista de baile también podía contar historias.
Hay una escena que se repite en casi todas las presentaciones de Mariano Mellino. No importa si ocurre en un club de Buenos Aires, en un festival europeo o frente a miles de personas al otro lado del mundo. Mientras la pista parece entregarse por completo al viaje que propone la música, él permanece inmóvil detrás de la cabina. Apenas una mano sobre el mixer, una mirada fija hacia el monitor y la concentración de alguien que parece escuchar mucho más de lo que muestra.
No hay gestos grandilocuentes. No hay poses de rockstar.
Y, sin embargo, ocurre algo.
Durante las dos o tres horas que dura un set, Mellino consigue que el tiempo deje de importar. Esa capacidad para construir una narrativa, para administrar la tensión y el descanso como si cada mezcla fuera un capítulo de una misma historia, es la que terminó convirtiéndolo en una de las figuras más respetadas del progressive house contemporáneo.
Pero ese sonido no apareció por casualidad.






