
Emmanuel Horvilleur: #007
“Tuve una educación en la noche que estuvo increíble.”
Pero si Kuryaki fue la explosión, la carrera solista de Horvilleur terminó de revelar al personaje. Lejos de refugiarse en la nostalgia de una banda de culto, construyó un catálogo propio donde la sofisticación pop convive con la experimentación permanente. Discos como Música y delirio (2003), Mordisco (2007) o Mi año gótico (2025)funcionan como estaciones de una misma búsqueda: canciones elegantes, producción obsesiva y una curiosidad que parece no agotarse nunca.
Su vínculo con la música electrónica forma parte de esa historia desde el comienzo. No como un gesto oportunista ni como una moda pasajera, sino como una influencia real. La cultura de clubes, los DJs, los sintetizadores y las pistas de baile aparecen una y otra vez en su recorrido artístico. “He tenido viajes muy copados con la música electrónica”, cuenta durante la entrevista con ROOM. Y la frase no parece una declaración aislada: resume décadas de cruces entre el universo electrónico y una obra que siempre encontró inspiración en los márgenes.
La historia empieza con Illya Kuryaki and the Valderramas, aquel laboratorio mutante que formó junto a Dante Spinetta a comienzos de los noventa. Lo que para algunos era una extravagancia adolescente terminó convirtiéndose en una de las revoluciones más importantes de la música latinoamericana moderna. IKV introdujo códigos estéticos, sonoros y culturales que llegaron mucho antes que el resto: rap cuando el rap todavía era una rareza local, funk cuando el funk parecía una palabra prohibida y una actitud artística que entendía que la música podía ser tan importante como la imagen, la pilcha, el lenguaje y la identidad.






